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Consideremos indispensable que todo libro nos provoque extrañeza
y emoción. Se apunta de nuevo: extrañeza y emoción.
El orden es irrelevante; cualquiera de las citadas provocaciones
puede adelantarse a la otra. Según aquella indispensable
condición, los clásicos son los libros que más
intensas y numerosas extrañezas y emociones nos ofrecen.
Aparece así la primera razón para leerlos.
Que la extrañeza y la emoción sean duraderas nos orienta
sobre la segunda razón para leer literatura clásica.
El valor del libro ha de permanecer una vez se concluye. Si cabe,
nunca debe cesar. Tratándose de una obra clásica,
el lector no la olvida pues no lo consienten aquella extrañeza
y aquella emoción que en su día nos provocaron. De
todos la literatura, los clásicos se aseguran, he aquí
la segunda razón para leerlos, la más larga pervivencia
en los lectores. Puede invertirse la conclusión: el lector
pervive más duraderamente en los clásicos, habita
en ellos antes que en ningún otro género de literatura.
Esta inversión nos lleva a la tercera razón.
Ningún lector que desee conocerse logrará cumplirlo
fuera de un texto clásico. La exageración se justifica
de inmediato: los clásicos nos enseñan aquello que
no sabemos que conocemos. Recuperan así nuestra propia memoria,
tienden un reflejo verídico de nuestra existencia y su posibilidad.
Descubrimos que nos conocemos cuando leemos a los clásicos.
Esta tercera razón se fragmenta en dos variaciones. Primera:
si prescindimos de los clásicos nos ignoramos sin remedio.
Segunda: todo lo que nos aguarda en la vida se nos anticipa en la
literatura clásica.
Si hay entre los lectores alguno que desee añadir una cuarta
o posterior razón, se le consiente. Pinchando el signo tipográfico
se cede el preciso formulario.
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