| |
Es preciso anticipar al primerizo en literatura clásica
una verdad incuestionable: todos los lectores de literatura clásica
somos primerizos lectores. Y no conviene, se le añade además,
dejar de serlo en la vida. Cada vez que se inicia la lectura de
un clásico sucede que se lee como una primera vez. Ningún
clásico se lee dos ocasiones con la misma intensidad, con
igual emoción, con el mismo ánimo. Todo lector se
inicia renovadamente en la literatura clásica pues su lectura
siempre resulta un novedoso ejercicio. De aquí se destaca
el primer consejo: dispóngase a leer sin ningún
recelo. Nadie lo aventaja.
Conviene tomar muy en cuenta el segundo consejo: de ninguna manera
se lean, antes de leer la obra clásica, el prólogo
o la introducción o el estudio que suelen anticiparla.
Sáltense esas páginas y abórdese la lectura
sin prevención ni advertencia. Elimínese toda disposición
previa. La lectura de los clásicos ha de llevarse a cabo
sin mediación y sin prejuicio. Sea el lector ignorante
de cuanto leerá después. No obstante, al concluir
la obra cabe atender aquellos primeros estudios que se ofrecían
al principio amablemente. Los animan dignísimas intenciones.
Puesto a leer, el lector no debe desear que la lectura concluya.
Se cita así el tercer consejo. El final de la historia,
el desenlace de la trama, la consecuencia o enseñanza de
lo escrito no se ganan cuando se termina la lectura de la obra
clásica. Un clásico se gestó plagado de finales,
desenlaces, consecuencias y enseñanzas. Abundan entre los
párrafos; en ocasiones, en pocas palabras se dictan alguno
o varios; puede que en unas páginas al lector le sobrevengan
numerosos finales, o quizá enseñanzas. Este consejo
anuncia que en toda primera lectura de un clásico nunca
se conocerá entera la obra. Léase, pues, sabiendo
que habrá de volverse a ella en nuevas primeras ocasiones.
Si hay entre los lectores alguno que desee añadir un cuarto
o posterior consejo, se le consiente. Pinchando el signo tipográfico
se cede el preciso formulario.
|