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No olvide quien aspira a inculcar el aprecio por los clásicos
que la lectura es un acto íntimo que se deleita en su propia
ejecución. Para fomentar la lectura procúrese en
el futuro lector esa intimidad; para fomentar la lectura de los
clásicos, la misma intimidad es el ámbito único
que la posibilita. El primer consejo pide, según lo apuntado,
que se faciliten y requieran los instantes sin acoso ni prisa.
Se trata, antes que nada, de propiciar el momento que conviene
a la lectura de los clásicos.
Segundo consejo: anúnciese al futuro lector lo complejo,
adviértasele lo difícil, prepáresele a enfrentar
un reto cuya resolución compensa con incontables placeres.
No se separen aquéllos de estos últimos. De dificultad
y gozo están repletos los clásicos. Las dificultades
a que obliga la lectura de la obra clásica se premia, no
obstante su exigencia, con duraderos momentos de intensa alegría.
De qué modo se obtienen estos momentos se apunta en el
tercer consejo.
Leer literatura clásica no quiere decir leer libros clásicos.
Para gozar leyendo tanto nos vale un grueso volumen, como un párrafo
de dos líneas. Foméntense la lectura a trechos,
los tesoros de la página, las porciones de emoción.
La ventaja de los clásicos descansa en lo que nos cuentan
de la forma que sólo ellos saben contar. Fomentar la lectura
de los clásicos puede prometer que un intenso diálogo
nos sacuda con su precisión, la descripción de un
instante nos traslade de lugar, un pasaje desate la sorpresa del
lector, que se asombrará ante su propia emoción.
Si lo complejo se resuelve diviéndolo en partes ínfimas,
igualmente se supera la obra clásica y su dificultad: resolviéndola
en porciones. Así lo sugiere nuestro tercer consejo.
S i hay entre los lectores alguno que desee añadir un cuarto
o posterior consejo, se le consiente. Pinchando el signo tipográfico
se cede el preciso formulario.
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